lunes, 3 de diciembre de 2012

Prodigio

Crecí doblado
sobre un tablero de ajedrez.

Amaba la palabra final.

Todos mis primos parecían preocupados.

Era una casa pequeña
cercana a un cementerio romano.

Aviones y tanques
sacudían los vidrios de sus ventanas.

Un profesor de astronomía jubilado
me enseñó a jugar.
Debe haber sido en 1944.

En el juego que empleábamos,
la pintura casi había saltado
de las piezas negras.

Se había perdido el rey blanco
y tenía que ser reemplazado.

Me dijeron pero no lo creí
que ese verano vería
hombres colgando de los postes del teléfono.

Recuerdo a mi madre
cegándome mucho.

Tenía una forma especial de meter mi cabeza
rápidamente bajo su abrigo.

En ajedrez, también, me dijo el profesor,
los maestros juegan a ciegas,
los mejores en varios tableros
a la vez.

Charles Simic, Prodigio

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